Oh Dios, haz que pare!

Surge al alba enorme y parda la colina
en el salvaje sol púrpura de frente fruncida
ardiendo a través de columnas de humo a la deriva
envolviendo
la amenazadora pendiente arrasada; y, uno a uno,
los tanques se arrastran y vuelcan la alambrada.
La descarga ruge y se eleva. Después, torpemente agachados
con bombas y fusiles y palas y uniforme completo,
los hombres empujan y escalan para unirse al encrespado
fuego.
Filas de rostros grises, murmurantes, máscaras de miedo,
abandonan sus trincheras, pasando por la cima,
mientras el tiempo pasa en blanco apresurado en sus
muñecas
y aguardan, con ojos furtivos y puños cerrados,
luchando por flotar en el barro. ¡Oh Dios, haz que pare! 

Siegfried Sassoon, Ataque

guerra

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